Header

 

James Mattis: ¿Ahora quién mantendrá a Trump controlado?

  • |
  • Vie, 28/12/2018 - 12:31
James Mattis: Who Will Keep Trump in Check Now?
  • EFE

¿Pueden las instituciones democráticas de Estados Unidos -el Congreso, los tribunales y los medios de comunicación- restringir a Donald Trump y garantizar la supervivencia y la prosperidad continua de la democracia más antigua del mundo?

Los observadores racionales, los aliados e incluso los adversarios de Estados Unidos deben preguntarse adónde conducirán las erráticas políticas exteriores y la impredecible toma de decisiones del Presidente Donald Trump después de la partida del Secretario de Defensa James Mattis, la única constante confiable en la que podían depender dentro una presidencia definida por su inconsistencia, desorden y confusión.

Antes de considerar la sorprendente y abrupta decisión de Trump de retirar las fuerzas estadounidenses de Siria y Afganistán, y la subsiguiente renuncia de Mattis, es importante recordarnos del notorio estilo de “liderazgo” del presidente -uno se estremece con el uso de ese término-.

A lo largo de su carrera empresarial, cuando se enfrentó a situaciones que lo ubicaron bajo una luz desfavorable o lo amenazaron con perder el prestigio, la respuesta casi instintiva de Trump fue distraer y crear el caos. En esas circunstancias, él seguía adelante, mientras los demás volteaban para morder los señuelos que él lanzaba, a la par que el problema subyacente era olvidado, dejado de lado o ignorado.

Pasamos rápidamente a la decisión de Siria de esta semana y a la consecuente renuncia de Mattis. Hay que considerar la gran cantidad de noticias adversas y desalentadoras que enfrenta Trump, y todas reflejan un retrato particularmente desagradable de su presidencia: un desplome en Wall Street, registrado como el peor diciembre desde 1931; el cierre del 25% del gobierno federal debido a la molestia que le causa el rechazo que produce su iniciativa de un muro en la frontera con México, innecesario y costoso, por valor de $ 5 mil millones; la investigación realizada por un consejo especial que se está acercando a los centros de su fétida campaña electoral, de su administración e incluso de su propia familia; una disputa comercial no resuelta con China, la segunda economía más grande del mundo; y la pérdida de su codiciada mayoría republicana en el Congreso en menos de dos semanas, lo que ha transformado a la mayor parte de sus promesas electorales en una mera ficción.

En medio de esas abrumadoras malas noticias, ¿adónde más puede un presidente recurrir para ejercer su autoridad y, casualmente, distraer a los votantes de su presidencia en espiral? De entre todos sus poderes, el presidente de Estados Unidos goza de casi total autonomía en cuanto a política exterior. Los redactores de la Constitución, entendiendo las implicaciones en cuanto a seguridad nacional, intencionalmente dejaron las cosas de esa manera. Por su parte, el Senado ejerce la autoridad de confirmación sobre las posiciones asumidas por el presidente, mientras que la Cámara de Representantes mantiene bajo su control el poder para aprobar o rechazar la financiación de prácticamente cualquier acción gubernamental

MALAS NOTICIAS EN ORIENTE MEDIO

Pero eso aún deja al presidente Trump con poderes considerables para abordar problemas y crisis, ya sean reales o percibidas. Esto nos lleva a Siria y al secretario Mattis. La nación ciertamente sobrevivirá al conflicto sirio. Sin embargo, una cosa distinta es cómo influye la decisión en la política estadounidense en el Medio Oriente. Dado que EE.UU. tiene una política general poco discernible para la región que no sea contrarrestar a Irán, reforzar a Israel y derrotar al Estado Islámico (EI), parece que todo lo demás se ha cedido al muy desprestigiado príncipe heredero de la corona saudita, Mohammed bin Salman.

La única acción efectiva de EE.UU. en Siria desde el inicio de la guerra civil en 2011 ha sido armar y entrenar exitosamente a una fuerza de combate creíble, las Fuerzas Democráticas Sirias, formadas principalmente por kurdos, pero también árabes, para enfrentar al Estado Islámico y al Presidente sirio Bashar al-Assad. Al retirar las fuerzas estadounidenses de Siria, Trump habrá devuelto a la política estadounidense en Siria al status quo de antes de que asumiera el cargo. Una vez más, EE.UU. no tendrá ninguna influencia para lograr algo que se aproxime a una conclusión equilibrada, humana y justa de la guerra civil ni para implantar alguna forma de gobierno representativo.

El secretario de estado de Barack Obama, John Kerry, le suplicó a Obama el compromiso militar de Estados Unidos en Siria, aunque solo fuera una señal, para darle un poder de negociación en el proceso de Ginebra con Rusia. No sucedió hasta que Donald Trump asumió el cargo. Funcionó y es una de las razones por las que el proceso de Astana, un proceso de paz alternativo, que incluye a Rusia, Irán, Turquía y el régimen de Assad pero no a Estados Unidos ni a la Unión Europea, no ha logrado ningún progreso genuino. Y no será así hasta que todas las partes interesadas regresen a Ginebra y puedan resolver sus preocupaciones de manera genuina.

Con la pérdida de influencia de EE.UU. en cualquier conversación, Siria quedará ahora en manos de los dispositivos de Rusia, Irán y las maquinaciones y explotación autocráticas e interesadas de Assad. Los sirios pueden ver el final de su guerra civil pero pocas posibilidades de prosperidad o un cambio en la dictadura de Assad. Además, los kurdos y árabes del noreste de Siria serán abandonados y expuestos a las privaciones del presidente turco, Recep Tayyip Erdoğan, quien se ha propuesto neutralizar la “amenaza kurda” en Siria.

La medida también pone en peligro la seguridad de los estados vecinos de Siria, incluidos Israel, Jordania y el Líbano. Dadas las agresivas intenciones de Irán en Siria contra Israel y la firme determinación de Tel Aviv de resistir a la República Islámica, reafirmada recientemente por el Primer Ministro Benjamin Netanyahu, por lo que debemos esperar más incertidumbre e inestabilidad.

Finalmente, la declaración de Trump de la derrota del EI puede ser descrita como una noticia falsa. Los expertos estiman entre 25.000 y 30.000 combatientes del Estado Islámico en Irak y Siria, con un resurgimiento del EI ya planeado en Siria. El Estado Islámico también sigue siendo una amenaza creíble de inestabilidad y violencia en todo Egipto y el norte de África. Entonces, aunque el EI ciertamente ha sufrido grandes contratiempos en Siria y en Irak, está lejos de estar vencido. Una vez que las fuerzas estadounidenses se vayan, deberíamos contar con su regreso al este de Siria y el aumento de las amenazas contra Irak. Y no debemos descartar la posibilidad de que la otra organización terrorista participe de manera prominente en Siria, Hezbollah y sus partidarios iraníes también dirigirá su atención al este de Siria.

EL CLIMA POLÍTICO FUERA DE EE.UU. ES ESPELUZNANTE

Los estadounidenses, ahora envueltos en sus vacaciones de Navidad y Año Nuevo, poca preocupación les produce lo que ocurre con Siria. Pero lo que sí debería preocuparles a ellos y al mundo entero, sin embargo, es la partida de James Mattis. Dada la atracción fatal de Trump solo con aquellos establecidos en cargos de administración jerárquica que están de acuerdo con él, ya no habrá más guardianes después de Mattis.

Todos aquellos a los que alguna vez llamó "mis generales" habrán salido o serán acusados (obsérvese al exasesor de Seguridad Nacional Michael Flynn). Trump a veces se refería a su ahora saliente secretario de Defensa como "perro rabioso", un apelativo aparentemente adquirido durante los días de combate del secretario como comandante en la Infantería de Marina. Esto jamás fue del gusto del mental y reflexivo, exgeneral de cuatro estrellas, universalmente respetado por su conocimiento de la historia mundial, los asuntos internacionales y su profunda experiencia. Mattis había encontrado maneras de disuadir al presidente de políticas y decisiones erróneas, pero claramente no podía prevalecer en la decisión de Siria. Su renuncia fue equivalente a una reprimenda de Trump.

El asesor de seguridad nacional John Bolton y el secretario de Estado Mike Pompeo son prácticamente clones de Trump, rígidos, miopes, duros y agresivos, cuando se trata de políticas de seguridad nacional y extranjera. Podemos esperar que el sucesor de Mattis sea del mismo tipo.

Es un pensamiento escalofriante, dado el extraordinario poder de las fuerzas estadounidenses en todo el mundo y su capacidad para causar estragos, más el capricho de un hombre muy impredecible, errático e impulsivo. Ese poder incluye uno de los dos arsenales de armas nucleares más grandes del mundo.

El esfuerzo por circunscribir al irresponsable y congénitamente mercurial presidente de Estados Unidos ahora debe residir en el Congreso. El Senado de EE.UU., con su autoridad para bloquear a un candidato inadecuado para ocupar el puesto que pronto quedará vacante, y la Cámara de Representantes, con su poder para iniciar proyectos de ley de financiamiento, ahora deben ejercer sus poderes constitucionales para restringir a Donald Trump. Esto será especialmente desafiante para el Senado, todavía controlado por los republicanos, dado su apoyo hasta ahora casi genuflexo y acrítico hacia su abanderado en la Casa Blanca.

El sistema democrático de EE.UU., bajo presión desde la toma de posesión de Trump en 2017, ahora debe enfrentar otro desafío. El sistema estadounidense, siempre un experimento en democracia constitucional, multirracial y multiconfesional, puede estar enfrentando su crisis más grave desde la Guerra Civil hace más de 150 años. Entonces, fue un presidente fuerte y las fuerzas armadas adecuadamente dirigidas lo que finalmente salvó a la república. Hoy, Estados Unidos tiene todo menos un presidente fuerte, aunque sus fuerzas armadas son indudablemente dirigidas con lucidez.

¿Pueden las otras instituciones democráticas enaltecidas en Estados Unidos -el Congreso, los tribunales, los medios de comunicación y los organismos estatales- garantizar la supervivencia y la prosperidad continua de la democracia más antigua del mundo?

Artículo escrito por Gary Grappo

Este artículo has sido publicado originalmente en Fair Observer

 

Recommended for You